CARLOS VALDES HERNÁNDEZ
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"Carlos Valdez autor de Epitafio, mares rutinarios e insomnio, delirio y otros males es un artista plástico, ilustrador y escultor originario de Guadalajara, Jalisco.
A lo largo de sus 22 años se ha desarrollado en el ámbito artístico, Dedicándose principalmente a la ilustración de obra con una propuesta surrealista, onírica y oscura mezclando elementos del mundo de la novela gráfica con simbolismos poéticos, metáforas y analogías mitológicas y teológicas
El Intruso

Suelo cruzarme con mi alma de camino a mi dormitorio.
Algún día he de saber qué me impide confrontarla
y liquidar sus desmanes.
Por la noche, arrastra muebles como quien busca algo
Revuelve incansablemente recónditos ataúdes.
Me mantiene insomne e impide mi crisis de quimeras.
Por si fuera poco, invita a mis muertos, los repudiados.
Desconocidos
Olvidados
A terminarse mis provisiones de cafeína y tierra seca.
En la cama, urdo una vez más mi demorada venganza.
A mi lado, un lúgubre retrato duerme plácidamente,
y desde su nica un pequeño rostro emerge y murmura;
me busca conversación hasta que amanece.
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Narciso

Es muy probable que Narciso ni siquiera hubiese sido bello,
quizás era solitario.
Hay un espejo en el piso de mi baño, casi como un charco,
cada vez que lo veo recuerdo que a un pez
le basta un simple espejo para reconfortarse.
Su pequeña mente encuentra sosiego en la ilusión de un igual.
A veces, yo también me entrego a ese deseo,
y me explayo en observar al pez del otro lado.
Hasta que aquel homúnculo,
doppelgänger abusivo se hace presente.
Exiliado de la profundidad
Del lodo
De la espesura
Me mira a su vez.
Entonces huyo a la calle
y me amparo en el turbio reflejo
de la mirada de los extraños.
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El Confuso Mirar de Este Mundo

Alguien robó mis ojos mientras dormía; Otra vez.
Me dejó a cambio estos
confusos y perturbados pedruscos.
Intento tomarlo con calma,
en el fondo soy consciente de que en un par de días
o tras un momento entre la tarde
y la noche regresarán.
Más de una vez al recobrarlos
he examinado en ellos un rastro,
una pista de su viaje lejos de mi.
Pero pronto la noche se sobrepone a toda intriga.
En cambio, suelo vislumbrar
en sus estériles sustitutos el roce frio
y húmedo de mis dedos
Sucias calles que recorro en sueños,
A la espera de la esperanza: No han de capturar el día.
¿Qué cómo sé que son míos los ojos bellos
y no los tristes, si la belleza es solo un alivio
que da por turnos, una deidad cruel y anónima?
Muy simple.
Estas rocas que de vez en vez me ciegan ante lo bello,
de tan grises no pueden ser mias,
deben pertenecer quizás
a…
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Caín y Abel

En el silencio dominical
las primeras gotas rugieron como un batallón del cielo.
y enseguida vi a mis vecinos retorcerse
bajo las gotas de oro ardiente.
Mi techo crujió durante toda la noche.
Entre llantos y plegarias,
bajo el peso del oro que se enfriaba lentamente por las azoteas.
Como si no cesara el clamor de los cielos.
Temprano con la mañana, comenzaron los sacrificios.
Las madres arrojaron a sus hijos por las ventanas.
Los maridos a sus amantes.
Y los curas a un rosario de niños que nadie sabía que resguardaban.
Pero, aun así, la lluvia no se detuvo
Tampoco llegó el perdón ni la condena.
Se presentaron dos forasteros a la plaza del pueblo;
el primero era Abel, que extrajo de entre las pilas de los muertos,
toneladas de huesos dorados y tendones secos.
Y después de una fábrica de cables,
pasó a fundar una próspera planta energética
que iluminó la devastación para agrado del cielo.
Cain, en cambio recorrió las calles
envuelto en la piel de su legendaria ofrenda.
Ofrendando esta vez de casa en casa
su vergüenza, pero no como consuelo,
sino para que cuando llegara el verdugo
no nos faltaran pecados que escupirle a la cara
