Antonio Pacheco Zarate

Dolores Castro nació en Aguascalientes en 1927, durante la así llamada Guerra Cristera, que enfrentó al estado revolucionario mexicano con los sectores católicos de un campesinado sin tierra, muy enardecido por las leyes que limitaban sus cultos. Fue y es una poeta entregada a las demás, maestra hasta sus 80 años, permanentemente en diálogo con diversos sectores de la cultura mexicana. Fue gran, pero gran amiga de Rosario Castellanos, con quien construyó una complicidad de adolescentes que duró mucho tiempo.


Falleció Dolores Castro Varela, la poeta que le escribió al amor, su centro más vivo como una llama. Nos deja su obra y la esencia de su sombra estrujándonos el corazón. Para ella la poesía fue una forma de encontrar verdades, tener la experiencia completa del ser de las cosas. En sus propias palabras: “La poesía sirve para conocer al hombre pensante y sensitivo […] en lo entrañable, en lo mágico y en lo maravilloso”. Los libros, afirma en una entrevista,1 fueron sus grandes maestros y en ellos descubrió la poesía y la forma de escribir con ritmo, “que es fundamental en la vida, solo basta para comprobarlo al escuchar el ritmo de nuestra respiración en el silencio”.



El nombre de Dolores Castro, la narradora, la investigadora, la madre de 7 hijos a quienes amó con fervor, seguirá sonando gracias al vasto testimonio que nos deja con su obra, desde El corazón transfigurado (1949), Dos nocturnos (1952), La tierra está sonando (1959),
Tornasol (1997), Oleajes (2003), Sombra domesticada (2013), El huésped (2018), entre muchas más.
Castro Varela veía a la poesía como un camino de esperanza “porque la imaginación se dirige hacia lo que puede ser…, lo que podría ser y lo que debe ser. Un elemento fundamental de la poesía es la imaginación, el otro es la sensibilidad. Estos dos tienen que ser expresados con verdad, con imágenes […], las necesarias para decir lo que tendrá que ser”.2
Con estos poemas publicados hoy en Carruaje de Pájaros queremos rendir tributo a su obra y sobre todo a la imagen de su voz reconocida por la brevedad y la sencillez, que indagan en las preguntas eternas de la especie.3 Asimismo, el documental La vida perdurable que, en palabras de Gerardo del Río, es “el homenaje merecido a la poeta y a la poesía. La travesía por una vida plena que ha dado voz y rostro a los que se olvidan. La vida perdurable es eso, un acto amoroso y la perpetuación de lo vivido”.
Juan Olivares



Dolores Castro nació en Aguascalientes en 1927, durante la así llamada Guerra Cristera, que enfrentó al estado revolucionario mexicano con los sectores católicos de un campesinado sin tierra, muy enardecido por las leyes que limitaban sus cultos. Fue y es una poeta entregada a las demás, maestra hasta sus 80 años, permanentemente en diálogo con diversos sectores de la cultura mexicana. Fue gran, pero gran amiga de Rosario Castellanos, con quien construyó una complicidad de adolescentes que duró mucho tiempo. En junio de 2009, recibió un homenaje en su ciudad natal, donde dijo: “este homenaje no es para mí, sino para la poesía, no soy yo la que existe sino la poesía, yo no soy su autora sino todos ustedes que la nombran. Ha sido tan difícil mi vida…. y lo sigue siendo, ahora más que antes porque tener 82 años, ser anciana, mujer y seguirme llamando poeta… es muy difícil”.
Dolo
res Castro nació en Aguascalientes en 1927, durante la así llamada Guerra Cristera, que enfrentó al estado revolucionario mexicano con los sectores católicos de un campesinado sin tierra, muy enardecido por las leyes que limitaban sus cultos. Fue y es una poeta entregada a las demás, maestra hasta sus 80 años, permanentemente en diálogo con diversos sectores de la cultura mexicana. Fue gran, pero gran amiga de Rosario Castellanos, con quien construyó una complicidad de adolescentes que duró mucho tiempo. En junio de 2009, recibió un homenaje en su ciudad natal, donde dijo: “este homenaje no es para mí, sino para la poesía, no soy yo la que existe sino la poesía, yo no soy su autora sino todos ustedes que la nombran. Ha sido tan difícil mi vida…. y lo sigue siendo, ahora más que antes porque tener 82 años, ser anciana, mujer y seguirme llamando poeta… es muy difícil”.



El Gran Árbol
Para Doña Dolores Castro Varela
 
Ay pero en el verano
El huizache recibe
la humedad de la tierra.
Su débil tronco olvida,
reverdece las hojas,
ablanda las espinas...
 
Por mucho tiempo fui estéril. Mis ayes y lamentos dejé escucharse en el llano. Me dolía de mi aridez. Del silencio. No me dejaba mecer, como un árbol debe hacer, ni entendía el por qué crecí tan lejos del venero. Al menor azote del viento, ahí estaba el lamento: Soy estéril clamaba. Cuando leí “el huizache” surgió por vez primera la esperanza de florecer, aunque fuera tan sólo por un día.
Una sola flor amarilla imploré desde entonces. Y sucede, que Dios me concedió que el gran árbol tendiera la gracia de sus ramas hasta el rincón en el que me hallaba, y me acunó bajo su sombra. Me permitió regocijarme a sus pies. Beber de sus raíces.
Y entonces transmuté. Volvió la niña y con ella las risas y los juegos. Y ese árbol tan grande se inclinó para tomar, entre las suyas, mis manos, y con su leve tacto llegaron desde la infancia, las voces, y el gran árbol festejó conmigo.
La caligrafía de su follaje me cobijó desde entonces y se infiltró en mis venas. Es un portento. Es un árbol sin par. ¿Cuántos más huizaches, olmos, pinos y sabinos; mezquites, sauces llorones y cedros de Líbano, han tejido la luz entre sus ramas?
Son incontables y el gran árbol, para fortuna nuestra, afianza sus raíces. Es inmortal. Y aunque nació en ésta Patria nuestra, es del mundo. Su nombre Doña Lolita, ya tiene un lugar en la Historia.
 
Lety Ricárdez