Vínculos Íntimos entre Las Artes

MARÍA ELENA CERECERO


Antonio Pacheco Zarate

María Elena Cerecero (Zitácuaro, Michoacán, 1938- )


Poeta y narradora, desde 1984 ha realizado estudios de literatura en talleres literarios impartidos por Edmundo Valadez, Carlos Illescas, Orlando Ortíz, Ethel Krauze y Dolores Castro, entre otros. 


Parte de su trabajo se ha difundido en las revistas: La Talacha, Astillas, El cuento, y en los periódicos de circulación nacional: El Sol de México, El Financiero.


Es cofundadora de las revistas Palabras de Arena, Cántaro, Los Gatos Locos, Puntos Suspensivos y Juglares. 


Participó en las antologías Cantos de la colmena, Bahía de juglares, Las divinas mutantes, Las flores de la dicha, Mujeres poetas en el país de las nubes (antología del encuentro de poetas), Cómo acercarse a la poesía de Ethel Krauze, Entre siglos, Mariposas, Mujeres sin capullo.


En 1992 obtuvo mención honorífica en el concurso de hai ku de Japan Airlines. 

En el 2002, el primer lugar en el concurso de poesía mexicana contemporánea convocado por el Grupo Abrace de Uruguay y Brasil. 


Ha publicado los poemarios: Las lluvias rojas, Los caprichos del agua, Poemas de uso diario, Apago luces, Ángel de papel, Cantata profana para una voz, Llanto por el oriente, Agua de roca; el libro de cuentos Las horas vacías: el de testimonios, Ocuilan, vida y milagros y la autobiografía La infancia, entre la niebla y la luz.


Ha impartido talleres literarios en diferentes foros desde 1996 y hasta la fecha.


Obra Literaria


En qué pensaba


En qué pensaba yo

cuando te di mis ojos,

cuando dejé a tu voz

traspasar mis paredes.


¿Fue que mi ángel guardián

se tomó vacaciones

o andaba por ahí

 “papando moscas”?


Quién sabe en qué pensaba

que me quedé tan quieta

 cuando te me acercaste;

era que estaba en eso

 de calcular palabras,

de medirlas con hilos

 y formarlas en filas.


Ahora me pregunto:

qué pensaba yo

 cuando te di mi boca

pues como agua de estanque

que recibe una piedra mi corazón temblaba.


En el aire de otoño

quedaron las caricias

tomadas de la mano

una noche con otra se fueron caminando.



No me quiero pintar.


No me quiero pintar

ni las uñas ni el alma.

 No soy yo, es mi casa

 la que más necesita maquillaje,

un poco de color en sus arterías.


Déjame que no quiera

que me ponga a pensar

 cómo llegué hasta aquí.

 Porqué están decaídas las paredes,

rincones desiertos.

 Cómo se fue secando el ruido.


No me quiero pinar.

  Ni los labrios ni el alma,

aunque estén los colores en oferta.  

No soy yo, son mis prados

 con hojas deslavadas, mis flores

sus rojos ausentes.


No debo acostumbrar al corazón

 a esta quietud austera.  

Tengo ganas de ver la soledad

mirada de amiga.

 Buscar su compañía para cruzar

el vacío que ronda la escalera.


La tele no lo es todo.

Sus anuncios de ron y coca-cola

ya no consiguen seducir al sueño,

tan solo son palabras de hacer ruido.


Por ahora no insistas,

no me quiero pintar,

ni las cejas ni el alma.




He llegado a creer que nací pájaro.


He llegado a creer que nací pájaro.

No he visto mi color ni alcanzo a oír mis trinos,

viaja conmigo un ruido de alas.


El pájaro que soy persigue nubes clandestinas

se sumerge en abismos fascinado,

fabrica nidos sin temor al aire,

cierra los ojos al tocar la noche.


El pájaro que soy lo ignora todo,

sabe sólo de soles y de lunas,

bebe el cristal que cae sobre las hojas,

el amanecer en la garganta.


Por eso es que yo creo que nací pájaro,

no he visto mi color ni alcanzo a oír mis trinos,

pero viaja conmigo un rumor de alas.

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